Y el frío llegó nuevamente, se instaló entre mis ojos, dominó mi respiración y me quitó el aliento.
El frío llegó montado en tu mirada distante, aferrado al silencio súbito y paralítico de tus labios.
Tus manos, ahora frías, siguieron aferradas a las mías como témpanos, quemando lo que quedaba de tu tacto.
Y en medio del frío tu esencia me dijo adiós, se despidió sin un beso, llevándose tu aroma y dejándome un peso que oprime mi alma.
“TOMAD Y COMED…”
“Tomad y comed…”, alzó la hostia hacia el cielo con su mano derecha como lo había hecho durante los últimos tres años, repitiendo en voz baja aquella fórmula que había aprendido en el seminario, pero no podía apartarla de su mente, seguía pensando en la redondez de su pecho, en su aroma, en los besos de sus labios carnosos, en la tibieza de su piel, en ese abrazo, en ese sexo pausado, en el orgasmo y el sudor de ella. Ella estaba sentada en la primera banca y no dejaban de mirarse. César, el sacerdote nuevo, había llegado tan solo unas semanas atrás, aún era un muchacho y ya tenía algunos años desde su ordenación. Inés era un poco mayor que él, había enviudado recientemente y pasaba sus tardes de soledad en las actividades que ofrecía la iglesia; era una mujer de estatura promedio, con un cuerpo llamativo, los senos redondos, hermosa piel blanca, el cabello negro rizado, ojos grandes oscuros, sus labios carnosos de un sutil color rosa y su voz era suave en contraste co...
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