Simiente
Sentí sus pasos resonar por el corredor que llevaba a mi oficina e imaginé una mujer grande, sin embargo, cuando sus pasos se detuvieron enfrente mío encontré una mujer de ciento sesenta centímetros de estatura, con una belleza imponente a pesar de su mirada triste. Vestía una blusa blanca con delgadas líneas de un color azul pálido, que delineaba perfectamente sus curvas y en su cintura dejaba entrever la piel bronceada de un abdomen apenas marcado por el ejercicio. Su apariencia distaba mucho de su personalidad tímida, apenas pronuncio palabra solicitándome un papeleo que urgía ser enviado a Bogotá y yo se lo entregué sin dejar de mirarla.
Días después tuvimos la oportunidad de hablar, conversamos primero cosas del trabajo y luego la conversación fluyo hacia asuntos personales, igual que yo, ella acababa de escapar de un matrimonio que solo daba dolores de cabeza. Quince días atrás había firmado mi divorcio en una mañana que me pareció por demás fría a pesar de la época del año y ella apenas empezaba ese trámite.
Desde mi separación había experimentado la compañía de varias mujeres, pero sin llegar a sentirme realmente cómodo, para ser sincero, fueron tardes y noches para nada memorables. Sin embargo, con ella las cosas eran diferentes, parecía que nos conociéramos de siempre, como si el destino nos hubiese encontrado, como si trajéramos asuntos pendientes de otras vidas. En pocas semanas nuestra relación fue cambiando y ya no solo nos veíamos para asuntos de trabajo, no había necesidad que de su oficina necesitaran algo de la mía para vernos y hablar.
Un día cualquiera después de conversar un rato y tomarnos un café la invite a mi casa, yo vivía en un apartamento de una sola habitación, bien iluminado, tenía apenas lo necesario, los lujos siempre me parecieron un estorbo, pero durante todo el trayecto pensaba en que ella se sintiera cómoda.
Pasaron las semanas y los meses, sus visitas eran cada vez más frecuentes, se quedaba una noche cada tanto, tomábamos unas copas de vino, leíamos juntos algunas páginas del primer libro que encontrábamos en la biblioteca, después nos encerrábamos en el cuarto y teníamos un sexo sin amor, estimulado por la urgencia de cariño, una compleja y liberadora descarga de adrenalina que a la postre se convirtió en una costumbre muda que cada vez perdía más luz y emoción, hasta que un día cualquiera nos miramos como dos desconocidos
Esta mañana cruzamos nuestros caminos en la avenida y mis ojos chocaron de frente con los suyos, no pude dejar de percibir que aceleró su paso tratando de evitar que viese su vientre.
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