“Tomad y comed…”, alzó la hostia hacia el cielo con su mano derecha como lo había hecho durante los últimos tres años, repitiendo en voz baja aquella fórmula que había aprendido en el seminario, pero no podía apartarla de su mente, seguía pensando en la redondez de su pecho, en su aroma, en los besos de sus labios carnosos, en la tibieza de su piel, en ese abrazo, en ese sexo pausado, en el orgasmo y el sudor de ella. Ella estaba sentada en la primera banca y no dejaban de mirarse. César, el sacerdote nuevo, había llegado tan solo unas semanas atrás, aún era un muchacho y ya tenía algunos años desde su ordenación. Inés era un poco mayor que él, había enviudado recientemente y pasaba sus tardes de soledad en las actividades que ofrecía la iglesia; era una mujer de estatura promedio, con un cuerpo llamativo, los senos redondos, hermosa piel blanca, el cabello negro rizado, ojos grandes oscuros, sus labios carnosos de un sutil color rosa y su voz era suave en contraste co...
Si tan solo todos los días pudiesen empezar con un beso de tus labios, Si tu aroma cobijara mi cuerpo para darle calor cada noche, Si prestaras tu voz para las canciones que aruyen mi sueño, Si tus manos no soltarán jamás las mías, Si tus pasos me acompañaran hasta el final de los días, Recorrería el camino que el destino me muestre, sin dejar de amarte toda la vida Carlos J
En mi sueño... Navegaba a bordo de tu voz en un profundo mar de canciones, al arribar a la orilla de tu cuerpo, puerto seguro, hogar amado, sepulte en tu piel (en tu cuerpo), el palpitante amor, un tesoro de besos y caricias, la devoción de mi alma enamorada. Al despertar me miro en tus ojos y al rozar tus labios sé que en ti está seguro aquel tesoro.
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