Entre la penumbra tus ojos me iluminan, comienza a dibujarse tu silueta y escucho tu voz tenue que me llama desde lejos. Al llegar vistes de blanco, estás de pie, mirándome de frente y esbozas una sonrisa antes de comenzar a hablar, parece que llevaras mucho tiempo esperando para hacerlo, pero las lagrimas no esperan, el llanto te invade, toma posesión de tu voz y tú dulce rostro se torna triste... Tus palabras pasan a través mío y poco a poco voy entendiendo que es una despedida, busco abrazarte pero te diluyes en mis brazos mientras sigues diciendo adiós y yo despierto de este sueño aún sintiendo tu amor.
“TOMAD Y COMED…”
“Tomad y comed…”, alzó la hostia hacia el cielo con su mano derecha como lo había hecho durante los últimos tres años, repitiendo en voz baja aquella fórmula que había aprendido en el seminario, pero no podía apartarla de su mente, seguía pensando en la redondez de su pecho, en su aroma, en los besos de sus labios carnosos, en la tibieza de su piel, en ese abrazo, en ese sexo pausado, en el orgasmo y el sudor de ella. Ella estaba sentada en la primera banca y no dejaban de mirarse. César, el sacerdote nuevo, había llegado tan solo unas semanas atrás, aún era un muchacho y ya tenía algunos años desde su ordenación. Inés era un poco mayor que él, había enviudado recientemente y pasaba sus tardes de soledad en las actividades que ofrecía la iglesia; era una mujer de estatura promedio, con un cuerpo llamativo, los senos redondos, hermosa piel blanca, el cabello negro rizado, ojos grandes oscuros, sus labios carnosos de un sutil color rosa y su voz era suave en contraste co...
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