MALES BUSCADOS

No tuvieron que suceder muchas cosas para que estuviésemos de nuevo los tres sentados a la misma mesa, en nuestros años de adolescencia construimos una amistad tan firme que sobrevivió pese a estar enamorados de la misma mujer en los primeros años de la adultez. 

Y aunque tuvimos periodos de difícil distanciamiento, en el momento preciso, hemos sabido que contamos con la mano de los otros para levantarnos y uno que otro putazo para despertarnos.


Creo que pocas personas en la vida se conocen tanto como me conocen y conozco a éste par de jumentos, y es que los tres tenemos la testarudez de un burro, impulsivos a más no poder, apasionados, pero con el cristo de espaldas en cuestiones de amor, “males buscados” dicen sabiamente nuestras madres.

 

Esa noche trajimos a la mesa las congojas de los últimos días.

La mía, un noviazgo muy corto, a mis casi cuarenta años, me enamoré de los ojos más hermosos que había visto, su hermosa sonrisa me había devuelto la mía y tal vez por eso le di un lugar tan importante como para que al irse me rasgara un pedazo de alma y me dejara el corazón hecho jirones.

 

Antonio acababa de romper su compromiso; un amor fugaz, intenso, lleno de sueños, que, a nuestros ojos, estaban cimentados en nubosos arrebatos, iguales a los míos años atrás, pero que ahora juzgábamos con la experiencia de los años. En su defensa, ella tiene los ojos grandes y la piel blanca, una sonrisa tranquila y la seguridad en la voz tan cautivadora como el murmullo de un río.

 

Por otro lado, Julián se había divorciado de la mujer que más amaba en la vida y la que más lo ha amado, había intentado infructuosamente hacerse a la idea de vivir sin ella y ahora sufría por no ser capaz de reconstruir la relación que hasta hace unos dos años le hacía tanta ilusión.  Simples cosas prácticas, simples desacuerdos de calendario y haber dado con una mujer inteligente, hermosa y con el mismo carácter tozudo.  Había pasado esos años buscando la forma de reencontrarse, de seguir desde el punto en el que eran más felices, esperaba borrar de un plumazo los días grises y seguir escribiendo en las mismas líneas la felicidad que hasta ahora le era esquiva. Nos miró fijamente, sus ojos brillaron con cada palabra que habló de ella y su voz no se atrevía a reconocer que su viaje terminó, que ya se dijeron el último adiós y que es probable que sus caminos se crucen, pero no volverán a caminar juntos.

 

En la mesa siempre tres botellas de cerveza, a medida que recordamos nuestras historias buscamos soluciones y fumamos caladas más ondas tratando de disipar en el humo las dudas que cada uno trae, el dolor cada minuto se hace menor y mis hermanos y yo nos sentimos listos para equivocarnos de nuevo con la certeza de no caer, de encontrar nuevamente una cerveza y un cigarro cuando regresemos a la mesa con nuestras heridas.


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