EL NUDO AZUL
Con la licencia que me da ser
quien escribe, voy a hablar sobre ti, tal vez obviando lo que no conviene que
otros conozcan sobre nuestra historia.
Habían pasado algunos años desde
que bajé del bus que me trajo de Medellín, pero no había descargado la maleta
grandísima llena con todos los miedos que fui vistiendo poco a poco durante
toda la vida; había intentado recuperar esas
aventuras que me llenaban de gozo y energía en mis años de adolescencia.
Para
entonces estaba saliendo de una relación poco más que tormentosa, pero
enriquecida por muchas noches al calor de una chimenea, lecturas y
conversaciones fascinantes, vino, ron, el humo de los cigarros inundando el
ambiente y el amor hecho a las prisas sobre un sofá con la sobrecogedora
angustia de ser descubiertos.
De repente, una tarde cualquiera,
en medio del barullo de decenas de niños te descubrí mirándome desde tus trece
años, el pelo negro despeinado bajo una pava azul, tus mejillas sonrosadas,
estigmas del sudor del día y tus ojos de ese brillo que después de dieciocho
años aún escrutan en mi alma.
Ya no recuerdo tus palabras, pero recuerdo el
tono nervioso de ellas y como me hablabas alimentando la prepotencia que
disfrazaba mis miedos. Fueron muchas tardes en las cuales te vi desde una
posición de falso poder, mientras tu crecías en confianza, cuantas veces evité
acercarme previendo que derrumbarías mi coraza, cuantas veces a medida que pasaban
los años escapé de esos labios que se me antojaban seductores, cuantas veces evité
caer en ese encanto devastador de tu niñez. Pasé tardes enteras junto a ti
intentando convencerte, desde mi miedo, que olvidaras la idea de tener algo
conmigo, pero pasaban los meses y los años y seguías argumentando con tesón de
maestra desde tus tantos años menos.
Ahora, de manera furtiva llegabas
hasta mi casa y sin pensarlo estábamos envueltos entre el insistente amor de tus quince años y el recato de mis veintidós con sus convicciones férreas,
nada más que besos de desprevenida ternura y abrazos largos. El terror me invadía,
no quise socavar tu niñez, temblaba como aterrado, congelado, encerrando el
fuego que despertabas en mí. Tantas veces soñé con ese nudo azul en tu cuello,
en sueños ideé mil formas de desatarlo, tomar el cuerpo de la niña que había
visto crecer y ahora descubría mujer, completa, bella, fuerte, digna de romper
mis miedos.
Después de varios años sin verte, seguías
rondando por mi mente, habías logrado ocupar un gran espacio en ella y en un
segmento de mi poesía que me causaba tormento y culpa, volvimos a vernos víctimas
de las casualidades y nos encontramos cada quien con una vida diferente a la
que concebíamos años atrás, me miraste con la misma fascinación del primer día,
empero en esa hora con la altivez que te había dado años de lectura y
experiencia, te habías convertido en la mujer perfecta. Mi problema por esos
días era la vida desordenada que llevaba; sin embargo, una noche cualquiera
después de unos buenos tragos de un vodka increíblemente barato y amargo llegué
hasta donde estabas, logré que dejaras por un momento a tus amigos y
conversamos largo a pesar de la torpeza de mis palabras y mis ideas, por fin
había olvidado las razones que me hacían negar a tener algo contigo, pero la
historia ya había cambiado y tuvimos la necesidad de decir adiós por enésima
vez.
Han pasado algunos años y nos
seguimos desde lejos, sé tus pasos y tú los míos, hablamos de vez en cuando y
nos apoyamos en nuestros tropiezos, tal vez más importante que sucumbir a los
deseos; siempre pienso qué habría pasado si aquella noche hubieses decidido darte
una oportunidad e irte conmigo y entonces, con toda seguridad, sé que nuestra
historia hubiese tenido sufrimientos diferentes.
Nice!
ResponderEliminarExcelente hermano!
ResponderEliminarHermosa reflexión
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