Trescientos
Esa como todas las mañanas había caminado los trescientos metros
que separaban la cabaña del rio, caminó con pasos cortos, repitiendo cada una
de las pisadas de sus botas durante los últimos meses, pensando una palabra por
cada paso.
Había llegado 6 meses atrás escapando de todo, únicamente llevaba
3 de sus camisas de cuadros 2 pantalones de mezclilla y uno de dril verde como
el prado.
Los días transcurrían entre el humo de su cigarro preferido, tazas
de café, profundos tragos de ron añejo y lecturas deliciosamente interminables,
cada rato se detenía a meditar y a orar (hace un tiempo había optado por
volver a la fe que desde niño le enseñaron en casa). Había tardado
mucho tiempo en llenar de libros los anaqueles que ocupaban varias de las
paredes de su cabaña pues los había elegido cuidadosamente entre sus libros
preferidos, los de su padre y unos cuantos que heredó de una gran amiga que se
había ido apagando víctima de un cáncer de estómago intratable.
Cocinaba todos los días y además tenía una reserva interminable de
enlatados de todos los tipos, en el patio de atrás vivían encerradas 5 gallinas
que le daban huevos amarillos cada día y el huerto producía verduras todas las
semanas. Cada segunda semana llegaba hasta su cabaña Federico, su sobrino de 19
años, a llevarle las provisiones que consistían en vinos, quesos, carnes, el
preciado ron añejo y sus cigarros, no cruzaban ni una palabra.
Llevando allí un mes empezó a recorrer los trescientos metros que
separaban la cabaña del rio, siempre temprano en la mañana cuando aún el sol no
acababa de salir en el oriente, cuando en occidente la oscuridad de la noche
aún besaba los picos de la lejanas montañas, desde el primer día de su
recorrido marcó cada paso con fuerza, dedicó una palabra y el significado en su
vida a cada uno de ellos, repitió en voz baja cada uno de los nombres de las
personas que le importaban en la vida y el último paso se lo dedico al nombre
de esa mujer que tanto amo y había terminado por destruir lo que quedaba de su
corazón y su cordura, ese nombre se esbozaba en sus labios como un simple
susurro.
Esa, como todas las mañanas caminó aquellos trescientos metros,
pensó cada palabra y susurro su nombre, se sentó en una piedra mirando hacia el
río y respondió con una sonrisa a la sonrisa de aquel cadáver que se borraba
más cada día.
Comentarios
Publicar un comentario