“TOMAD Y COMED…”



“Tomad y comed…”, alzó la hostia hacia el cielo con su mano derecha como lo había hecho durante los últimos tres años, repitiendo en voz baja aquella fórmula que había aprendido en el seminario, pero no podía apartarla de su mente, seguía pensando en la redondez de su pecho, en su aroma, en los besos de sus labios carnosos, en la tibieza de su piel, en ese abrazo, en ese sexo pausado, en el orgasmo y el sudor de ella.

 

Ella estaba sentada en la primera banca y no dejaban de mirarse.

César, el sacerdote nuevo, había llegado tan solo unas semanas atrás, aún era un muchacho y ya tenía algunos años desde su ordenación. Inés era un poco mayor que él, había enviudado recientemente y pasaba sus tardes de soledad en las actividades que ofrecía la iglesia; era una mujer de estatura promedio, con un cuerpo llamativo, los senos redondos, hermosa piel blanca, el cabello negro rizado, ojos grandes oscuros, sus labios carnosos de un sutil color rosa y su voz era suave en contraste con la voz profunda de él.

 

Cuando terminaba el catecismo, César, solía compartir un café con las señoras del pueblo, hablaban de las incidencias políticas, del desorden del colegio, de los adolescentes sin control, de uno que otro libro, empezó a conocerlas y ser muy cercano a ellas. Inés, ante los ojos de todos, era seria y distante con él, aunque amable.

 

Pasadas las nueve de la noche César salía a caminar por las calles del solitario pueblo, golpeaba tres veces y la pesada puerta verde de la casa 41 se abría, allí le esperaba Inés, él se olvidaba de su oficio, de su ministerio y eran tan cercanos en esos silenciosos momentos en los que su piel se fundía en una humanidad sin credo.


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