Cuando el timbre del teléfono sonó cogí las llaves del carro, me puse la chaqueta y apague las luces de la casa, estaba esperando esa llamada todo el día y en ese momento, cuando la noche caía, era el momento para verte, lo ansiaba tanto, era lo único que me me animaba durante todo el día, había tomado café, una, dos, tres y hasta seis tazas, fumé varios cigarros, miré por la ventana una y otra vez esperando que oscureciera y por fin cayó la noche, tu voz al otro lado del telefono me confirmaba la hora de salir, bajé las escaleras de dos saltos, salí a la puerta, cuando por fin alcance a verte te esfumaste y desperté de ese sueño que me devolvía la esperanza
“TOMAD Y COMED…”
“Tomad y comed…”, alzó la hostia hacia el cielo con su mano derecha como lo había hecho durante los últimos tres años, repitiendo en voz baja aquella fórmula que había aprendido en el seminario, pero no podía apartarla de su mente, seguía pensando en la redondez de su pecho, en su aroma, en los besos de sus labios carnosos, en la tibieza de su piel, en ese abrazo, en ese sexo pausado, en el orgasmo y el sudor de ella. Ella estaba sentada en la primera banca y no dejaban de mirarse. César, el sacerdote nuevo, había llegado tan solo unas semanas atrás, aún era un muchacho y ya tenía algunos años desde su ordenación. Inés era un poco mayor que él, había enviudado recientemente y pasaba sus tardes de soledad en las actividades que ofrecía la iglesia; era una mujer de estatura promedio, con un cuerpo llamativo, los senos redondos, hermosa piel blanca, el cabello negro rizado, ojos grandes oscuros, sus labios carnosos de un sutil color rosa y su voz era suave en contraste co...
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